¿Te presentarás a un examen tramposo?

NO A LA EVALUACIÓN UNIVERSAL

Eduardo Andere M.* Sábado 2 de junio de 2012

La evaluación universal de maestros como está concebida es un error tanto de política pública como de pedagogía. El presidente de la República y su Secretario de Educación se meten en camisas de once varas con mucha facilidad e inocencia. Para empezar, cualquier evaluación con el apellido universal es antitética, y quizá, antiética. Los maestros sí deben evaluarse pero a través de otros instrumentos. La evaluación magisterial debe ser local, conducida por los directores de las escuelas y realizadas por consejos, grupos o redes de pares. Nunca universal y nunca con base en pruebas estandarizadas que sólo lastiman al maestro y lo ponen en el banquillo de los acusados innecesariamente. Si éste fuera el caso, como bien lo sugiere Manuel Gil del Colmex, por qué no se evalúa universalmente a todos los abogados, médicos y policías del país; o a todos los empresarios, políticos y secretarios de Estado. Vamos, evaluemos también a los contadores; y que los maestros evalúen a los empresarios por ejemplo, con las reglas epistémicas de los docentes. ¿Con qué autoridad moral podemos erigirnos en deidad de la evaluación universal y juzgar entre grupos de epistemologías y sociologías tan insolubles como el agua y el aceite? La evaluación es un instrumento poderoso de aprendizaje; no sólo la de los estudiantes sino también la de los maestros. Es algo que los pedagogos y aprendólogos deben decidir; es su tema, su recinto epistemológico. Ni los políticos ni los empresarios pueden y deben meterse en el lenguaje del aula y la docencia. Su tarea debe ceñirse a facilitar que la buena pedagogía y los buenos maestros florezcan. Y no a pasarlos por la báscula de los intereses políticos o ideológicos. Los maestros tienen razón al rechazar este tipo de evaluación populista y propagandística que descansa sobre una premisa totalmente falsa: “que los maestros son el principal factor asociado al aprendizaje de los niños y jóvenes y, por tanto, si el aprendizaje es deficiente, es por culpa de los maestros”. La evidencia de más de 50 años de evaluación educativa de los aprendizajes medidos por pruebas estandarizadas en el mundo muestra que lo que sucede fuera de la escuela es tan o más importante que lo que sucede en la escuela para explicar la varianza de los resultados educativos. Y es todavía mucho más importante si las condiciones de la población a evaluar son de mucha pobreza, desigualdad y segregación. Los gobiernos de México han equivocado por completo el camino a seguir en la educación. No es con la estandarización de la política educativa, decidida desde el escritorio de uno o dos funcionarios, con una o dos líderes, es decir, decisiones centralistas, como ENLACE, ENCICLOMEDIA, HDT, Carrera Magisterial, Evaluación Universal, o Selección Universal, lo que hará más educado al pueblo. La revolución que México necesita no es la educativa. A la educación se le han colgado muchos escapularios o milagros que no se merece, ni necesita. La educación no es la panacea de nuestros males. Al menos no la educación como la plantean políticos y empresarios. No es con más niños en las escuelas lo que nos hace mejor educados; es con más niños y jóvenes que quieran estar en las escuelas por su propio bien lo que nos hace más educados. No es con más pruebas como nos haremos mejor aprendientes -ni los maestros, ni los educandos-, sino con la decisión personalísima, de querer ser mejor, de querer trabajar duro y esforzarnos. La verdadera diferencia entre los individuos llamados talentos o genios y los que no lo somos, es que aquellos traen inscrito en su dotación genética un código de esfuerzo y trabajo. Sólo los que trabajan duro tienen suerte. No hay gloria sin esfuerzo. Sustituir este generador de naturaleza intrínseca por una serie de incentivos externos, como premios y castigos por hacer algo que de cualquier manera se tiene que hacer, como becas, bonos y premios, provocará la formación de generaciones que únicamente trabajarán por las razones equivocadas: “solamente trabajo o estudio si me pagas más”; en lugar de “estudio y trabajo porque es bueno para mí”. No, colegas, no es una revolución educativa lo que necesitamos en México; requerimos de una revolución cultural. Que sustituya a la televisión por el libro; a la chatarra por la comida sana, al sillón por el ejercicio, a la corrupción por la transparencia, a la flojera con “h” (holgazanería) por el esfuerzo, a las fiestas por el trabajo, y a la pachanga por el respeto. Después de todo, cuánta gente no hay con mucha educación y a la vez mal educada y corrupta; y cuánta gente no existe con poca educación, y a la vez, bien educada, sana, decente, ética y proba.

*Académico del ITAM. http://eduardoandere.org.mx

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