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Política y educación

Manuel Pérez Rocha La Jornada 12 agosto 2012

Los hechos políticos más significativos de estos días son las actuaciones de los diversos sectores de la población. Es necesario ir más allá de la explicable indignación e irritación por el proceder de las televisoras y otros medios, del IFE, del PAN, de Calderón, del PRI, del Panal y de otros actores políticos que fueron determinantes en los saldos oficiales de los comicios, justificadamente impugnados, y dar espacio al análisis social y la reflexión. De ser ciertas las cifras oficiales sobre las elecciones, cabe preguntarse: ¿por qué, en no pocos casos, ganaron los peores? ¿Por qué 19 millones de mexicanos votaron por un desacreditado candidato presidencial de telenovela? ¿Por qué 33 millones de los mexicanos que votaron no lo hicieron por un candidato progresista que presentó un sólido proyecto de nación, respaldado por un equipo de prestigiados profesionales y funcionarios que lo pondrían en marcha? ¿Por ignorancia? ¿Por interés? ¿Por convicción? ¿Porque fueron manipulados y comprados?

Si la manipulación y la compra de votos fueron factores determinantes en los comicios, resulta necesario que las fuerzas de izquierda pongan la educación en el centro de sus tareas. Pero la educación en una perspectiva amplia que comprenda no sólo la educación formal escolar (que solo dará resultados a mediano plazo), sino también imaginativos programas de educación extraescolar que pueden dar resultados inmediatos, particularmente los que deben desarrollar, con sus miembros y con la población en general, las organizaciones políticas que se precian de ser progresistas. Un auténtico partido de izquierda no puede limitarse a los aspectos operativos de la lucha electoral; tarea igualmente importante (o más, porque de ella dependen también los éxitos electorales) es la educación.

Constituye un escándalo el grave descuido que respecto de la educación han tenido las organizaciones políticas que se precian de ser progresistas, como el PRD, el PT y Movimiento Ciudadano. En los años recientes, la educación pública mexicana ha sido objeto de graves cambios negativos, bárbaros retrocesos, y esos partidos nada han hecho a pesar de que cuentan con espacios relevantes en las cámaras legislativas. Un caso de trascendencia histórica es la eliminación de las humanidades en la enseñanza media superior y la drástica reducción de ese campo de conocimiento en la educación básica. Además, en el nivel superior, la política impuesta por el gobierno federal ha consistido en restringir los recursos a las universidades, en las cuales, como se ha visto, se desarrollan las capacidades críticas, y en fortalecer de manera precipitada y sin planeación alguna un costosísimo sistema de falsas universidades (universidades tecnológicas y universidades politécnicas) en las cuales las humanidades están ausentes.

Las humanidades son esenciales para el desarrollo de las actitudes y habilidades de pensamiento crítico, y por tanto para la vida cívica y democrática. No sorprende que los gobiernos tecnocráticos del PRI y del PAN las combatan. Es un contrasentido que las fuerzas políticas progresistas se desentiendan de este asunto. La eliminación de las humanidades, descalificadas por los tecnócratas como educación tradicional inútil y obsoleta, y su remplazo con una pobre capacitación técnica en todos los niveles del sistema educativo, es una política impuesta con fuerza desde la administración echeverrista. Sus promotores pretenden justificarla con el argumento de que la educación debe formar los recursos humanos para el desarrollo y de que esa educación es la que necesitan los jóvenes para que se les pueda dar empleo. Los partidos de izquierda no solamente no han hecho la crítica que esta ideología merece, sino que la han asumido como parte de sus ideas. La filosofía de la educación y la pedagogía, a pesar de su enorme trascendencia política, son temas totalmente ignorados por los partidos políticos. Las organizaciones que se precian de progresistas no pueden continuar con esta negligencia. Una perspectiva valiosa acerca de este asunto lo ofrece la filósofa estadunidense Martha Nussbaum, recién galardonada con el Premio Príncipe de Asturias, quien ha sumado a otras muchas una justificada crítica de la visión economicista de la educación y de los efectos negativos que ha tenido para su país. De la misma manera, ha hecho una sólida argumentación a favor de las humanidades y su trascendencia para la vida cívica y la democracia.

Los resultados de las pasadas elecciones están muy lejos de ser un desastre para la izquierda. Todo lo contrario: haber alcanzado las altas cifras de apoyo y compromiso del pueblo que reconoce incluso la mafia dominante, en condiciones tan adversas, debe constituir para la izquierda una fuente de aliento y convertirse en nuevas líneas de acción a partir del análisis de sus aciertos. Uno de ellos es, sin duda, el trabajo de educación política realizado por el Movimiento Regeneración Nacional. Iniciativas como el periódico Regeneración, los círculos de estudio, las redes universitarias y los encuentros en defensa de la educación pública demostraron, con los resultados, su eficacia. Lo mismo puede decirse del trabajo de educación política hecho a nivel del suelo por López Obrador y los militantes del Movimiento Regeneración Nacional. Todas estas iniciativas han demostrado que el poder de las televisoras y otros medios puede ser contrarrestado con proyectos educativos inteligentes. Es urgente reforzar estos trabajos. Gran provecho se puede sacar, por ejemplo, de la lectura y reflexión de ese sabio y breve texto de Noam Chomsky titulado Las 10 estrategias de manipulación mediática y de otras valiosas investigaciones académicas acerca de este tema.

La democracia no consiste en la realización de elecciones legalmente correctas, mucho menos en elecciones fraudulentas como las que se realizaron el pasado primero de julio. La democracia, bien lo define la Constitución, está fusionada con la educación y consiste en el mejoramiento cultural y material del pueblo. El pueblo mexicano ha mostrado un significativo avance político en estos años. La traición está del lado de las instituciones, del IFE, del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y de la mayoría de diputados y senadores y de la Suprema Corte, quienes exhiben (como lo hicieron hace siete años con el vergonzoso caso del desafuero) su verdadera naturaleza: instrumentos de la oligarquía. Esto sí es mandar al diablo la institucionalidad.

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