Buen inicio del 2013, a reforzar la lucha por nuestros derechos

Al maestro con cariño

Revista Proceso / 4 de enero de 2013
Alumnos de la escuela primaria "Enrique Rebsamen", en Oaxaca. Foto: Miguel Dimayuga
Alumnos de la escuela primaria “Enrique Rebsamen”, en Oaxaca.
Foto: Miguel Dimayuga

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Haré un acto impopular para concluir el 2013. Escribiré en defensa de los maestros malos. Mi defensa tiene un carácter muy personal. Desde las alturas abstractas de la discusión del destino de la educación de México, simplemente no tendría sentido.

En el año de 1995 viví en Oxolotán, Tabasco. Un pueblo a orillas de un río verde y tumultuoso, homónimo del pueblo. Un pueblo hundido en la cañada, al que sólo se podía llegar por una carretera de curvas en bajada, irremontables a pie. Un pueblo donde había un único teléfono, una cabina herrumbrosa a la entrada de la calle principal. Donde pasaba un camión que iba a Villahermosa una vez cada tres días. Un pueblo de 2 mil habitantes, una cuadrícula de cemento blanco al fondo de la selva.

Había una escuela en el margen sureste del pueblo. Ahí asistían a diario todos los niños y las niñas. No había maestros para cada año escolar, así que en las aulas coexistían grados distintos. Niños de primero con niños de segundo. Niños de tercero con niños de cuarto. Y niños de quinto con niños de sexto.

Los tres maestros de la escuela eran tipos morenos que usaban huaraches y vaqueros y ganaban apenas para tener cada cual una casita de cemento, piso de arena y hamacas para dormir. Además, en las tardes caminaban a tres pueblos más pequeños, sumergidos en la selva, a los que no llegaba ningún camino asfaltado. Se abrían paso en la hierba tupida, un machete en la mano, por si aparecía una víbora cascabel o un animal de dientes grandes.

Uno de ellos, entonces el más joven, debía cruzar un puente colgante y caminar tres horas entre troncos y mosquitos para llegar al pueblito asignado. Y en ese pueblito, que si tenía nombre ya lo olvidé, esa mancha humana de no más de cien habitantes, la escuela eran cuatro postes con un techo de lámina, donde los niños, recién bañaditos, asistían no diario, sino cada tercer día, que era cuando el maestro podía llegar hasta ahí.

Los tres maestros de Oxolotán eran muy amados por la población. Tanto como el cura de la iglesia, un edificio de piedra construido por los franciscanos en 1663. O tanto como el único policía, un policía tan bien conectado al espíritu local que cuando llegaron a Oxolotán los guerrilleros zapatistas y pidieron posada y se les asignó el campo de futbol para residir, él pidió que la población lo encerrase en la única celda durante toda su estancia: así podría justificar ante los jefes policiacos de Villahermosa que no hubiese dado el pitazo y estuviese complacido de que la gente les llevara a los guerrilleros comida y agua, y hasta entretenimiento, en la forma del coro de niños escolar.

Esos tres maestros esforzados y justamente amados por la gente de Oxolotán me rompen el alma ahora que parece haberse formado un consenso para aprobar la reforma educativa. No lo sé de cierto, lo supongo: ninguno pasaría el examen que se les quiere aplicar a los maestros del país. Igual no han aprendido todo lo que un maestro del DF o de Monterrey. Igual nadie les dio cursos de actualización. Es probable que no han tenido tiempo ni fuerza, ni acaso oportunidad, para ponerse al día en cuanto a conocimientos.

Guardo un recado que me escribió en una hoja cuadriculada el maestro que iba cada tercer día del otro lado del río. Lo guardé porque parece más bien un dibujo de Miró: Estando el papel húmedo, porque el aire de la selva humedece el papel, el trazo de tinta de la pluma Bic se descorrió, y la letra Palmer, redonda, asemeja un garabato artístico.

Si me gustaba mirarlo, ahora me espanta el recado. “Sabina, vente por la noche a la cocina y hay platicamos”.

Hay en lugar de ahí. Un error ortográfico. Y lo dicho, el destino de quien cometió ese minúsculo error hoy me parte el alma.

Quiero decir, la educación en México no puede ser este desastre cotidiano. De acuerdo. Si queremos un México más inteligente y justo, debemos intervenir el sistema educativo público. También seguro, el sindicato de maestros se ha vuelto un obstáculo a ese cambio porque se ha enredado como una hiedra venenosa al sistema caduco de educación y hay que desmontarlo de él. Algo más, hay que desbaratar la estructura caciquil del sindicato: No es cosa de sacar de su dirigencia a Elba Ester, o no es sólo cosa de eso: La estructura caciquil debe ceder a otra más democrática y racional para que el sucesor de la Maestra tampoco sea un cacique.

Tachar a los falsos maestros de la nómina: correcto. Clarificar la relación entre el sindicato de maestros y el Panal: correcto. Examinar a los maestros para saber cuáles son aptos para enseñar y cuáles no: también correcto.

¿Pero despedir draconianamente a los tres maestros de Oxolotán? ¿Despedir a maestros que han ejercido lo mejor posible, dado lo que el Estado les ha dado a ellos? ¿Despedirlos como a sirvientes? ¿Desde las grandes ciudades mover la mano en un gesto de desdén y decirles váyanse, son ustedes insuficientes? ¿Desde oficinas de mármol, desde escritorios de cedro, desde la comodidad de puestos de gobierno o de opinión mandarlos al infierno del desempleo y la ingratitud?

Esos maestros rurales merecen ser tratados con dignidad y con gratitud. Más que desprecio, deben recibir las disculpas de la Secretaría de Educación Pública. Merecen cursos para volverlos aptos y merecen que la Secretaría de Educación asuma que si no lo son es debido a la torpeza de la institución, no a la de ellos.

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