Articulo de Manuel Gil Antón

¿ES IDÓNEA LA EVALUACIÓN DE LOS IDÓNEOS?

MANUEL GIL ANTÓN.

Profesor del Centro de Estudios Sociológicos del COLMEX.

Idóneo: Adecuado y apropiado para algo. RAE

El fragor de las escaramuzas, jurídicas y políticas, sobre el galimatías de la suspensión de las evaluaciones a los profesores, no ha dado espacio a la discusión de un tema crucial: la idoneidad de la evaluación misma.

Si alguien requiere una intervención quirúrgica, buscará un galeno que tenga capacidad y pericia para llevarla a cabo. A lo largo de su formación, además de los conocimientos generales propios de todo médico, adquiere su especialidad bajo la supervisión de uno muy experimentado. Para estar al día asiste a congresos, toma cursos, estudia; se informa y conversa con sus colegas sobre nuevas soluciones o retos inesperados.

Los colegios de especialistas certifican a sus integrantes con rigor. Otorgamos nuestra confianza con base en un principio: sabe, sabe lo que hace y no lo dice él o ella: lo afirman y confirman sus colegas. El Estado, entonces, reconoce y da licencia para ejercer.

Imaginemos un país en el cual, para certificar a los médicos, se establece un Instituto Nacional para la Evaluación de los Cirujanos (INEC). Como son muchos, la evaluación para decidir si un doctor es adecuado para realizar cirugías consiste en un examen de opción múltiple en el que se les pregunta, digamos y exagero, por dónde pasan equis venas y arterias, el modo correcto de lavarse las manos, el instrumental que hay que usar, la modalidad de sutura correcta o la frase adecuada para comunicar un fallecimiento… El examen lo elaboran expertos en realizar evaluaciones, no médicos en ejercicio ni que lo hayan sido de manera sobresaliente. No han estado en un quirófano. Determinan, con asesoría (suponemos), las dimensiones a considerar y cuentan: respuestas correctas y malas: tal promedio… Hay una tabla de valores que indica el límite entre idóneo e incapaz y emite el certificado.

Momento: eso es una parte de la valoración de sus saberes, pero no basta: hay que revisar sus expedientes, valorar el proceder clínico, la capacidad para interpretar estudios radiológicos; que un experto o varios (pero que sean médicos reconocidos en ejercicio, o lo hayan sido) asistan a una intervención y observen su manera de trabajar y consideren los protocolos pre y post operatorios que diseña y lleva a cabo. Si no se verifica esto, ¿con un examen se fía? Cuidado.

Volvamos al asunto educativo. ¿Es válido y confiable justipreciar el “cumplimiento de responsabilidades profesionales (y éticas); colaboración con la escuela y diálogo con los padres de familia, a través de un reporte del superior inmediato; planeación didáctica argumentada; conocimientos y competencias didácticas que se ponen en juego en la resolución de situaciones hipotéticas de la práctica docente, a través de un examen; y evidencias sobre su práctica de enseñanza, con una reflexión sobre las actividades que realizan sus alumnos” (Zorrilla, El Universal, 11/06/2015) para declarar si una profesora o un maestro sabe generar ambientes de aprendizaje?

A mi parecer, no: evaluar el dominio pedagógico del contenido a enseñar en las circunstancias específicas de un salón de clases, requiere ser valorado por un grupo de profesores –sus pares en el oficio– que sean destacados en su trabajo, tengan experiencia y sepan de lo que se trata. Como en el caso del médico en el que confiamos. Se trata de un saber que sabe hacer algo importante. Es, en pocas palabras, una actividad de la que pueden dar cuenta los profesionales destacados que a ella se dedican. Y tienen que observarla en la práctica.

Ese es el eje de una evaluación profesional dirigida a la valoración del dominio del oficio que implica profesar el título de docente desde preescolar a bachillerato. Es ofensivo para el magisterio que, a diferencia de lo que pasa en otras profesiones, no se les considere capaces de contar con pares destacados que valoren el trabajo de sus colegas. La reforma de la administración del sistema escolar (a la que se le ha dado en llamar educativa) les responde, con soberana altanería: ¿Pares? ¡Nones!

La autorregulación con exigencia transparente y rendición de cuentas públicas de sus procederes para el ingreso, la promoción y la idoneidad a lo largo del tiempo de sus saberes y destrezas son rasgos de una profesión. La autoridad tiene el derecho de verificar la calidad de los procesos de evaluación; el Instituto para la Evaluación de la Educación (INEE), las facultades para contribuir en la organización de un proceso de evaluación productivo, serio, que lleve a la mejora. Sí, pero al eludir la participación de los pares en el proceso es vista por el magisterio responsable como el juicio de quien no sabe lo que se ha de saber. Si es imprescindible para conseguir empleo o conservarlo, se someterán –ese es el término– a la examinación, pero no será la evaluación que se requiere para mejorar las condiciones del aprendizaje. La “victoria”, que se inscriban miles, no es argumento de la aceptación del proceso: es necesidad.

Una proporción del magisterio no acepta evaluación alguna: defienden privilegios. Otra teme a una “evaluación” punitiva y externa sin conocimiento de causa. Ya se prepara para “pasar” el examen: están en la defensa de su trabajo y dignidad. Creo que una proporción muy grande (no todos, por supuesto, pues cualquier gremio es diverso) entraría a un proceso de valoración de su quehacer que se diseñe respetando lo específico del oficio, con mecanismos de observación por quienes saben ponderar los intangibles de la práctica docente en su enorme variedad de circunstancias.

Me han dicho que eso es imposible, pues se tiene que “evaluar” a cientos de miles cada año. Es cierto si se considera que la evaluación ha de estar centralizada, hacerse a toda prisa y calificarse en segundos. Pero: ¿por qué no desagregar al país en regiones escolares de cierta talla, organizar procesos adecuados para la conformación de comisiones evaluadoras de pares (docentes con gran autoridad moral y profesional) que pueden incluir, claro, autoridades y asesores pedagógicos, y se diseñan procesos y ritmos de valoración del trabajo en las diferentes etapas del ciclo de la profesión? Eso se acerca a lo adecuado.

Esta propuesta es difícil, lo sé… El único problema es que resulta necesaria. Dice un sabio: “Si no sabemos medir lo que es valioso, acabaremos valorando, nada más, lo que es medible”. El desbarrancadero al que nos avienta la imposibilidad/incapacidad/impopularidad de pensar la idoneidad de la evaluación, quizá sea resultado de no haber evaluado, ni por la superficie, la idoneidad de la reforma. ¿Control o impulso al desarrollo del aprendizaje? Ese es el dilema. 

 mgil@colmex.mx   @ManuelGilAnton

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